Fines de 1989. Culminábamos la secundaria y coincidimos en el cursillo de ingreso de la Facultad de Filosofía UNA.Eran dos amigos inseparables:Juan Alberto Frontela Beggan y Dani González, ambos se preparaban para Psicología. Yo, para Periodismo. Nos conocimos por ser del mismo barrio y hacer los mismos trayectos en bus y caminando. Nos convertimos en compañeros de estudio pues el examen de ingreso era el mismo para todos. Yo tenía el día entero para estudiar pero ellos se encontraban cumpliendo su último año de CIMEFOR (la variable amable y urbana, todo esto entre comillas, del Servicio Militar Obligatorio). Los afortunados con familia que los bancaran generalmente optaban por esta modalidad que se cumplía en las vacaciones de verano. Los más humildes iban directo a encerrarse en un cuartel. Por aquel entonces también otra opción muy común era directamente "comprar la baja". No contar con la baja era más peligroso que trasladarse con un revólver en la cartera. Si te pescaban sin la baja en los controles en los colectivos o en la calle te llevaban directo al cuartel. Eso es solo para ubicar a los jóvenes a y a los desmemoriados en la realidad de aquellos tiempos. Apenas salíamos de décadas de un gobierno autoritario. El caso con estos jóvenes de aquel entonces es que cumplían el último año de SMO (Servicio Militar Obligatorio), se preparaban para la Facultad de Filosofía y no contaban con el tiempo necesario
para estudiar. Además de que no le veían sentido a las sesiones de "descuereo", al régimen autoritario y no deliberante de los eslabones militares. Esa era una de las tantas ironías de aquellos años. Obligar a los jóvenes a un sistema que anulaba al menos, la expresión y el debate de los pensamientos propios. En paralelo se perseguía con crueldad a aquellos ámbitos, por más inocentes que fueran, en donde el intercambio de ideas fuese lo "normal". Y retomando la historia, estos dos jóvenes bachilleres y cimeforistas, para estudiar, en la medida que se acercaba la fecha de los exámenes de ingreso, comenzaron a faltar al servicio militar obligatorio. Por lo general salían de sus casas muy temprano, cuando aún no amanecía, con sus uniformes de cimeforistas. Supongo que ni sus padres se imaginaban que iban hasta mi casa y se tiraban a dormir en la vereda. Un par de horas después, yo los despertaba y hacía pasar para estudiar. Una mañana aparecieron con una historia tragicómica. El día anterior, estando en formación, el superior a cargo dijo a los cadetes, reclutas o como se llamen; si alguno de ellos consideraba que el servicio militar obligatorio era una perdida de tiempo. Los desafió a expresar lo que pensaban como dando a entender que esa mínima demostración de propio criterio no tendría represalias. Ante la insistencia del superior y el silencio de la tropa (¿se dice tropa?), los dos amigos como si existiera un mudo acuerdo comenzaron a levantar tímidamente la mano... supongo que en segundos interminables esas manos se destacaron entre la formación... hasta comprender que eran las únicas manos en todo el montón de cabecitas rapadas. Los pobres habían imaginado que serían muchas más las manos dispuestas a reconocer lo que muchos de sus dueños pensaban: que estaban perdiendo valioso tiempo... El superior repitió desafiante la pregunta... y los dos aspirantes a psicólogos-filósofos o como mínimo a personas libres de expresar sus pensamientos, le confirmaron la peor respuesta. Creo que el castigo, dentro de lo acostumbrado, fue bastante benigno, terminada las actividades del día debían quedarse hasta pintar todos los murallones del patio de entrenamiento. Solo ellos tenían tanta templanza ante tremenda y desgraciada ingenuidad. Pintaban los muros y llegó un momento en que ya no sintieron los brazos. Entre la parálisis y el calambre sus miembros superiores se debatían. Fue entonces cuando se vino la reacción menos esperada; un ataque incontenible de risa. Pintaban y no sentían más los brazos o sentían millares de hormigas que recorrían sus extremidades. Ellos... no lograban parar de reír... supongo que reían cada vez con más ganas dificultando la laboriosa tarea de pintores que en castigo les fuera asignada. Ya de noche regresaron a sus casas. No sé si habrán comentado lo ocurrido. Los padres de entonces tampoco favorecían mucho el disenso. Los jóvenes de aquella época, por lo general... (general!), teníamos en casa nuestra propia dictadura interna. Todo eso me contaron al día siguiente, cuando los encontré de verde olivo, durmiendo en la vereda y con los brazos paralizados. Se creería que aprendieron la lección de omitir la expresión de los propios pensamientos y de no desafiar al sistema; aunque yo diría que no... El autoritarismo genera esta clase de anti-lecciones que al que no lo mata o invalida, lo fortalece. El único inconveniente es que consume demasiado tiempo (y tiempo es vida) y un larguísimo trecho, aprender por las malas y en carne propia, que ése no es el camino para el que no lo desea. O en todo caso, sí... es un camino y hasta genial... para el que lo elige. Nadie debería ser obligado a ingresar, sin ese primer acto de la voluntad de elegir, a un sistema no deliberante. ¿Ésos son los jóvenes que queremos? ¿Ésos son los futuros adultos que deberán hacer las cosas mejor que nosotros? No creo... Los adultos de hoy nos formamos en aquella época tan añorada por muchos padres que no saben qué hacer con sus hijos. ¿Y saben qué? háganse cargo! y si no, al menos, denles la libertad de elegir el modo en que prefieren anularse. Si son los video juegos o la farra o el ingreso a un sistema no deliberante. Y quién sabe... tal vez sea ese acto de confianza el que genere que sus molestosos hijos acaben optando por formarse y prepararse para el futuro; al margen de permitirse la libertad de disfrutar de esos años que sabemos, ya no regresan... Particularmente no me inquietan los militares siempre y cuando hagan al menos algo útil. No soy exigente, que hagan lo que sea!.... (útil). Todo menos montar un sistema para generarse esclavitos y más dinero del Estado. Al que le guste esa vida, lo respeto. Pero como individuos no todos deseamos lo mismo. Y en ese marco de convivencia en armonía y con variedad de individualidades se supone están basadas las sociedades democráticas. Jóvenes, no renuncien a sus conciencias, una batalla tan peleada por aquellos que en tiempos más difíciles prefirieron las armas del pensamiento. Padres, no sean perfectos; casi todos somos un desastre, pero háganse cargo. Estado, es hora de alentar ciudadanos libres y pensantes. Ésos serán los más útiles en caso de conflicto y en el día a día de sacar adelante a un país que criminalizó durante décadas el ejercicio del pensamiento. Y así; qué mas decir... Anoche la casualidad me cruzó con Juan y otros amigos de aquellos tiempos en la vereda de un bar asunceno. Nos tomamos la clásica foto recordatoria del momento; y de recuerdo también de tantas fotos que en el pasado no nos hemos tomado... tantos de aquellos momentos de nuestra algo ingenua y lejana juventud... Los quiero muchachos de aquel primer verano de los 90... psicólogos... filósofos.... sedientos de arte... bohemios disfrazados de verde olivo y de cabezas rapadas.. osados de brazos paralíticos y risas descontroladas... Los quiero más aún al intuir que no cambiaron demasiado...
mónica laneri
Asunción, verano de 2018


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